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Reforma laboral: ¿Retorno al pasado?

04/03/2016
Artículos de profesionales
Federico Durán López (Of Counsel del dpto. Laboral Madrid)
Expansión

Llama la atención, llama poderosamente la atención, el empecinamiento casi bíblico de ciertos sectores del, llamémosle, pensamiento, político y sindical en la pretensión de detener no ya el curso del sol sino el de la historia.

La obsesión por mantener modelos del pasado, por conservar situaciones que han podido ser todo lo acogedoras y confortables que se quiera, pero que ya no resisten el impacto de los cambios económicos, sociales y empresariales, inducidos a su vez por cambios tecnológicos que tienen lugar no ya cada día, sino cada minuto, podría resultar incluso enternecedora si no fuera porque los costos de ello en términos de progreso económico y de bienestar social pueden resultar exorbitantes.

Viene esto a cuento de las propuestas laborales contenidas en el programa suscrito por los partidos que han solicitado la confianza de la Cámara para la formación de Gobierno. Superada la pretensión, irreal y demagógica, de derogar la reforma laboral, las modificaciones planteadas para la misma suponen un torpedo en la línea de flotación de los pocos avances modernizadores que contenía. Avances concretados, fundamentalmente, en la flexibilidad en el ámbito de la empresa y en una mayor descentralización de la negociación colectiva, que son los aspectos en los que se pretende una clara involución.

Ante todo, no se entienden los ataques a la regulación de la modificación sustancial de condiciones de trabajo, que, sin grandes cambios normativos tras la reforma (la normativa, como ha recordado el Tribunal Constitucional en la sentencia Reforma laboral: ¿Retorno al pasado? Federico Durán López El autor considera que la reciente propuesta del PSOE y de Ciudadanos para cambiar la negociación colectiva sería letal para el empleo. de 22 de enero de 2015 que avaló la constitucionalidad de la reforma de 2012, es sustancialmente la misma que existía con anterioridad), ha permitido sin embargo márgenes de flexibilidad (salarial y en la ordenación del tiempo de trabajo sobre todo) que han resultado esenciales para la adaptabilidad empresarial y la preservación del empleo. La vuelta a la rigidez sería letal para el empleo y tropezaría, además, con una realidad económica y empresarial que no se puede cambiar.

Y tampoco se entiende la apuesta por una recentralización de la negociación colectiva, volviendo a alejar de la empresa la determinación del marco para la gestión de las relaciones laborales, anulando o dificultando la posibilidad de negociar en el ámbito empresarial con preferencia, en determinadas materias, sobre el sectorial e impidiendo la derogación temporal, en ese mismo ámbito, de las regulaciones sectoriales (la llamada inaplicación o descuelgue del convenio). Parece que quisiera anularse la empresa, no solo como ámbito de gestión (más adaptado a sus circunstancias específicas) de las relaciones laborales, sino de la propia acción sindical. Es curioso que se hable de la recuperación de la negociación colectiva, como si la de empresa no lo fuera, o del fortalecimiento de las representaciones laborales, igualmente como si las electivas en la empresa tampoco lo fueran.

Por último, la fijación corporativa por la naturaleza normativa del convenio colectivo, manifestada en su aplicabilidad indefinida hasta la firma de un nuevo convenio (la llamada ultraactividad), trata de mantener la desigualdad negociadora (a favor de los sindicatos) y de dificultar la renovación de los contenidos convencionales. Aparte de que en este caso son molinos y no gigantes: la limitación de la ultraactividad a un año que impone la reforma, prácticamente no ha operado, y lo que habría que hacer aquí es una clarificación del régimen normativo, previendo que la pérdida de vigencia del convenio implique, como no debe ser de otra manera, el fin de su aplicabilidad, sin perjuicio del derecho de los trabajadores a mantener las condiciones contractualizadas, que no son otras que las relativas al salario y al trabajo contratado (en términos de duración y de clase de trabajo).

Pero es que, además, lo propuesto va claramente en contra de lo que está sucediendo en el resto de Europa. Como en el viejo chiste de la mili (el padre que comenta orgulloso en el desfile: fijaos qué bueno es mi hijo, llevan todos el paso cambiado menos él), parece que los partidarios del cambio piensan que toda Europa tiene el paso cambiado y que el nuestro ha de ser distinto. Lo que la experiencia europea nos enseña es que una de las líneas de actuación en el marco de reformas del mercado de trabajo en los últimos años, antes y después de la crisis, ha sido la de la descentralización de la negociación colectiva, apostando claramente por la de empresa y por los denominados acuerdos derogatorios, en su ámbito, de lo pactado sectorialmente. Y a ello se une la apuesta decidida por la flexibilidad interna y por la adaptabilidad del régimen jurídico de los contratos estables o indefinidos. Y esas reformas se han dado en todos los países, siendo aquellos que más tempranamente las adoptaron, sin esperar al desencadenamiento de la crisis económica, los que mejor han vadeado dicha crisis y más rápidamente están recuperando los estándares de empleo precedentes.

Si ignoramos el sentido de la historia y nos empeñamos en hacer las reformas mirando por el retrovisor el castañazo puede ser de aúpa.

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