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1 de Mayo y los cambios del mundo laboral

27/04/2012
Artículos de profesionales

La conmemoración del Primero de Mayo, a pesar del decaimiento de las grandes manifestaciones del pasado, sigue conservando en nuestros días su contenido simbólico de reivindicación del valor y de la dignidad del trabajo.

 

El Economista

Ni los cambios sociales y económicos que han alterado drásticamente el marco de desarrollo de las actividades productivas, ni los avances tecnológicos que inciden diariamente sobre las mismas, menoscaban el papel del trabajo humano en la producción ni le restan valor.

La jornada, a la vez festiva y reivindicativa, del Primero de Mayo, nos debe recordar dicho valor y nos debe permitir reafirmar la dignidad de quienes aportan su fuerza de trabajo a las actividades creadoras de riqueza, que garantizan el progreso y el bienestar del conjunto de la sociedad.

Por eso, en los países occidentales, el Primero de Mayo debe tener, junto a la interna, una perspectiva internacional. En un mundo globalizado, en el que el déficit de normas globales y de instituciones eficaces de regulación y supervisión global, permite situaciones deventaja competitiva basadas, al menos en parte, en la explotación del trabajo humano y en la ausencia de respeto a su dignidad, la primera exigencia debería ser la de extender las reglas de protección de los derechos laborales a todas aquellas experiencias que aún las ignoran.

Y ello tanto por razones de solidaridad (el viejo y en gran parte olvidado internacionalismo proletario), como por razones económicas. El bienestar de nuestras sociedades no será sostenible a largo plazo si debemos seguir compitiendo en mercados cada vez más abiertos con países instalados en la ausencia o en la insignificancia de los derechos laborales (que se combina, además, agravando el problema, con la participación creciente en los avances tecnológicos, lo que permite, a esos países, contar a la vez con las ventajas de la tecnología más avanzada y con las de una abundante mano de obra carente de derechos).

Por otra parte, en la perspectiva nacional, y en la dinámica de reformas laborales en la que estamos, y vamos a seguir estando, inmersos (y no solo en España), creo que el riesgo para los sindicatos es convertir el Primero de Mayo en la escenificación de la melancolía. Si los sindicatos se instalan en la melancolía, en el llanto por la leche derramada, en la letanía de la pérdida de derechos, corren el riesgo de verse apartados de la gestión de los cambios que inevitablemente hemos de afrontar. El mundo del trabajo, y sus expresiones organizadas más importantes, los sindicatos, deben jugar un papel fundamental en esa gestión de los cambios. Pero, para ello, deben sumarse al proceso e intervenir en la conducción del mismo. Los cambios no van a pararse, porque quienes intenten pararlos terminarán barridos del escenario, y tiene mucho más sentido, desde el punto de vista de la tutela del empleo y de los derechos laborales, participar en el gobierno de sus consecuencias que atrincherarse en la defensa de las situaciones precedentes, de derechos adquiridos, de instituciones del pasado, que, por mucho que se intente, no van a poder resistir el choque con las nuevas realidades económicas, empresariales y sociales.

El empleo debe estar en el centro de las preocupaciones. Y para la defensa del empleo, y para revertir la angustiosa situación en la que al respecto nos encontramos, son necesarias las reformas. No podemos pensar que simplemente porque nos neguemos a abrir el paraguas va a dejar de diluviar y que todo consiste en aguantar el chaparrón y que ya vendrán tiempos mejores. Entre otras cosas, porque el chaparrón se llevaría por delante a muchas personas. Los sindicatos deberían abandonar esa especie de resistencia pasiva en la que están instalados y asumir un papel más activo para la fijación de reglas de protección laboral adecuadas a la nueva situación, y compatibles con los condicionamientos que derivan de la misma. La imagen que muchas veces se transmite en las reivindicaciones sindicales es la de una sociedad infantilizada, acostumbrada a recibir derechos e instalada en la queja permanente ante cualquier perspectiva de afectación de los mismos. Es la imagen, que tan bien describió Pascal Bruckner (en La tentación de la inocencia), del viejo bebé gruñón flanqueado por un abogado. Que no es, precisamente, lo que necesitamos y lo que nos puede ayudar a remontar esta situación que todos, pero en particular los más débiles, padecemos.

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