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¿El enemigo en la sala de mandos? 

El planteamiento del Presidente de la CEOE de poner sobre la mesa de debate la presencia de los sindicatos en los Consejos de Administración de las empresas, puede, de entrada, suscitar un cierto estupor. ¿Se trataría de dejar pasar al enemigo a la sala de mandos? ¿De cooptar a los sindicatos, en una versión renovada de la legislación franquista que contemplaba su presencia, domesticada, en los Consejos de Administración? Creo que la cuestión no es tan simple y que el debate es pertinente.

 Y lo creo porque las relaciones laborales vienen siendo, y serán cada vez más, relaciones más de colaboración que de conflicto. No se trata de que este pueda erradicarse. El conflicto es el principio ordenador de las sociedades libres y el motor de su desarrollo. Y las relaciones laborales son, y seguirán siempre siendo, inevitablemente conflictivas. Entre otras cosas porque el contracto de trabajo es estructuralmente un contrato de compraventa, y el vendedor siempre estará interesado en vender lo más caro posible y el comprador en comprar lo más barato posible.

 Pero los cambios económicos determinados por la globalización y por las nuevas condiciones en que se desarrolla la competencia internacional, y los cambios que han tenido lugar en la organización de las actividades empresariales y en los sistemas productivos, han hecho perder virtualidad a las tradicionales expresiones del conflicto laboral. El enfrentamiento y la confrontación, tienden a ser sustituidos, cada vez más, por la colaboración. En el mundo de las grandes empresas, en el que tiene sentido plantear este debate, difícilmente se pueden gestionar hoy día las relaciones laborales sobre la base de los precedentes planteamientos conflictivos y reivindicativos. Y la cooperación es en muchas ocasiones la única opción viable para la defensa de los diversos intereses en conflicto.

 La relación de fuerzas, sobre todo en las grandes empresas industriales, pero también, cada vez más, en muchas de servicios, ha cambiado. Y ha cambiado beneficiando al capital a medio y largo plazo, pero aumentando la vulnerabilidad de las empresas en el corto plazo. El exceso de presión laboral  en el corto plazo puede permitir grandes victorias sindicales, pero conduce con toda probabilidad a la derrota sindical en el medio y largo plazo. Ello exige apostar por políticas de entendimiento y de colaboración.

 Políticas que necesitan, para su desarrollo, de la implicación de las representaciones laborales, fundamentalmente de las sindicales. La renuncia al conflicto, que en la mayor parte de los casos no es más que hacer de la necesidad virtud, tiene entonces que ir acompañada de un reforzamiento de los derechos de información, de consulta y de participación de los trabajadores. Que ese reforzamiento llegue a la presencia sindical en los consejos de administración puede ser discutible. Que para ello haya que plantear una estructura societaria dual, con un consejo de vigilancia, como en Alemania, en el que se prevea esa presencia sindical, puede ser la vía más equilibrada. Pero en todo caso el debate es pertinente y creo que está bien traído.